Spanish | May 14, 2026
Memorias del abuelo - 4 - Mi abrigo
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En el año 1941, cuando el ejército rojo ya había conquistado a Lituania, pero el régimen soviético no se ha aplicado todavía, a mí, al jóven que era, me hicieron un abrigo a medida de una tela excelente. Lo hicieron a una talla más grande de lo que necesitaba para que me pudiera servir durante muchos años, y también me prepararon unas botas de cuero de altísima calidad. En casa éramos cinco hijos, y yo que era el único varón ganaba un tratamiento especial. No éramos ricos y para proveerme el abrigo y las botas se necesitaba mucho dinero. Mis padres hicieron un gran esfuerzo y al final consiguieron adquirir el abrigo y las botas. Una semana antes de que estallara la guerra entre La Unión Soviética y Alemania, el régimen soviético nos deportó a Siberia.
Separaron a mi padre del resto de la familia y lo llevaron a un campo de trabajo forzado en Taiga, en la provincia de Krasnoyarsk. Allí por el frío, el hambre y las enfermedades murió después de poco tiempo.
Cuando nos encarcelaron y nos dejaron llevar un poco de ropa, yo cogí mi nuevo abrigo y las botas. Nos llevaron a la ciudad siberiana de Barnaúl y nos metieron en una chabola en el barrio de Brechny. La autoridad local que se había encargado de nosotros me organizó un trabajo en una gran fábrica de tejidos. Allí yo trabajaba de carpintero y construía cajas de madera para equipamiento militar. En el taller había unos chicos y chicas que no tenían ninguna experiencia en carpintería. Yo ya tenía experiencia y trabajé mejor que los demás. Por eso la administración me designó guía de construcción de cajas. Una vez, cuando trabajé con el torno para procesar madera, mi mano, sin querer tocó el disco y lastimó mis dedos. Lesionado, en la clínica de salud me dieron unos días de liberación del trabajo.
Todavía no había conseguido la típica ropa de trabajo siberiana, un abrigo y pantalones rellenados de algodón para mantener el calor corporal que se llaman Fufayka. Poco tiempo después cuando ya me sentía mejor, me puse mi abrigo y mis botas y fui al comedor de la fábrica con mi mano en vendas. Al verme con las botas y el abrigo, todos los presentes se quedaron estupefactos y me trataron de un modo raro. Algunos se alejaron de mí asustados y otros me respetaron como si llegara un gran director de visita. Entendí su comportamiento. Con la guerra en el fondo, fueron tiempos difíciles y el pueblo vivía en una constante angustia y de repente vieron entrar en la fábrica un hombre con aire lujoso vestido como un burgués. Se espantaron, parecía un cuervo blanco en medio de una bandada de negros.
Luego conseguí un abrigo Fufayka y ya no era diferente. Las botas hechas de cuero al cromo no aguantaron mucho tiempo. “Se quemaron” ya que no estaban hechas para el lodo siberiano. Se llenaron de grietas y luego se convirtieron en migas. Después de un año, la autoridad soviética decidió que el oeste de Siberia era un lugar demasiado bueno para unos deportados como nosotros y nos mandaron al norte de Yakutia, a un sitio llamado Trofimovsk al lado de la delta del gran río Lena muy cerca del océano ártico. En cambio, el abrigo se mantuvo muy bien y vino conmigo al nuevo pueblo donde nos vigilaba y controlaba el NKVD. El invierno de 1942-43 fue horrible. La mitad de la población del pueblo murió de frío, hambre, falta de vitaminas y otras enfermedades. Yo trabajé como carpintero en el taller de la fábrica de pescado.
En la cabaña donde dormían también mi madre y mi hermana había tan poco espacio que ni se podía dar la vuelta en las literas, y a cada persona se le daba solo 50 centímetros de ancho sobre la litera. Yo, para darles un poco más de espacio a mi hermana y a mi madre, dormía sobre la mesa de trabajo en el taller que estaba al lado de la chimenea. Al lado de la chimenea siempre secaban tablones y tablas de madera que tenían un olor agradable. Dormir fue caluroso.
Mi hermana Ahuva trabajaba en transporte de leña. En lugar de un caballo, ella y otras chicas fueron atadas a un trineo y lo tiraban con el montón de leña puesto encima. Tenían que llevar la madera a una distancia de 15-20 kilómetros. En un momento determinado, mi madre estaba enferma en el cobertizo que estaba rodeado de una gran capa de nieve que bloqueó la entrada. La ración diaria de pan se compraba con billetes limitados y yo intenté pasarle a mi madre mi ración por la chimenea que estaba hecha de madera. En enero sentí que el estado de mi madre empeoró tanto que ya estaba a punto de morir. La situación en el pueblo se hizo insoportable. De 400 personas solo quedaron 160. Intenté pensar qué podría hacer para salvar a mi madre y decidí vender mi abrigo o cambiarlo por harina.
Conocí un yakutí que estaba en contacto con muchos Kayuros (dueños de trineos tirados por perros) que le llevaban harina. Le pedí que hablara con ellos y le dijeron que me darían 4 kilos de harina por mi abrigo. Fue una noche oscura cuando el yakutí me dio la harina cuando de repente sentí una mano fuerte que me golpeó en el hombro. Fue la mano de un policía llamado Yanovski que me detuvo bajo sospecha de robo de harina del almacén. Me exigió que le mostrara el resto de la harina robada del almacén. Yo no sabía nada de aquel robo e intenté explicarle por qué y cómo conseguí el saco de harina, pero no me creía e insistió en que le cuente con quién robé la harina y dónde escondí el resto de la harina, y así empezaron a interrogarme y amenazarme cada día.
En uno de los interrogatorios, el comandante del NKVD me pegó en la cara y me rompió tres dientes. Los dientes se rompieron por falta de vitaminas y estaban muy flojos. Luego fui a la dentista para pedir ayuda. No le conté cómo me había ocurrido el daño, pero no hizo falta porque ella sabía perfectamente quién me los había roto. Era una mujer ingeniosa. Estuve tres meses en el calabozo y me interrogaron cada día. Estaba agotado. El inspector pensaba que todo lo que le había contado del abrigo era mentira que inventé para ocultar el robo. Cuando me dejaron ir después de tres meses me preguntaron qué quería, ¿los 4 kilos de harina o el abrigo? Escogí el abrigo.
Yo llevé puesto este abrigo cuando fuimos a Yakutsk y también después cuando nos permitieron volver a Lituania. Allí le deshicieron las costuras, le dieron la vuelta a la tela y la volvieron a coser y así lo usaba para muchos años más.
Netanya, el 4 de febrero de 2008.
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