Spanish | May 14, 2026
Memorias del abuelo - 1 - Un bebé en la tundra
Written in 2026
Después de 4300 kilómetros de viaje, y poco antes de llegar al océano ártico, el inmenso río Lena se divide en unos arroyos que forman parte de su delta. El arroyo principal se llama Trofimovsk. La naturaleza en esta zona es especialmente dura. No hay ninguna carretera ni durante el verano ni durante el invierno. El único camino es el mismo río Lena que durante 3 meses al año cuando el hielo se derrite se vuelve navegable. El verano, breve, ártico, abundante de luz y frío. El invierno, largo, muy frío con vientos y tormentas de nieve, oscuro. Las condiciones de vida son extremas. Para la gente que nació en Europa y no está acostumbrada a las condiciones del extremo norte, la vida es insoportable. La tierra está congelada durante todo el año, la vegetación es escasa y aparte de briofitas no crece nada. Esos lugares están malditos por dios. Están destinados no a la vida, sino a la muerte.
A este mismo lugar, a finales de agosto de 1942, fueron deportados 200 personas de los países bálticos y de la provincia de Leningrado (San Petersburgo) - potenciales enemigos del régimen soviético. Los trajeron para pescar peces para alimentar a la población hambrienta y al ejército que luchaba con el enemigo nazi. Estaban siempre vigilados por el NKVD, trabajaban en equipos, pescaban toneladas de peces, pero estaba absolutamente prohibido para ellos llevar el pescado a casa para prepararse comida. Por un pez robado, los pescadores fueron enviados a una cárcel que estaba en la zona en un pueblo llamado Stolbi. El pan se distribuía por raciones limitadas vendidas en las tiendas por cupones y los extras eran enanos. La gente empezó a morirse de hambre. En el primer año murieron seis cabezas de familia, niños se quedaron sin padres y sin supervisión, no había quien los cuidara. Una horrible tragedia y en el lugar no había ningún orfanato u otro instituto que pudiera encargarse de ellos.
El director del colegio local y su mujer, ella también profesora, eran jóvenes todavía y aún no tenían hijos. Los dos no pudieron ver el sufrimiento que tuvo lugar en el pueblo y por su amabilidad adoptaron un niño de seis años que se quedó solo en el mundo. La adopción no era oficial, sino más bien voluntaria para salvar al niño del hambre y de la muerte. El niño se crió en su familia, se acostumbraron a él y lo amaban como si fuera su propio hijo. El director tenía un pasatiempo, le encantaba la caza. En su tiempo libre, como libre ciudadano salía a la tundra para cazar: de invierno para cazar un zorro blanco o ciervo, y de verano gansos y patos salvajes. En casa tenía una escopeta colgada sobre la pared en el centro de la única habitación que contenía la vivienda.
Un año más tarde les nació un hijo suyo. Su alegría no tenía límites. También se alegró el hijo adoptado y toda la habitación se llenó de luz y felicidad. La vida en el cuarto se había cambiado completamente: la hoguera estaba encendida veinticuatro horas al día, a lo largo de la casa se estiraban cuerdas para secar los pañales, en el reducido espacio mandaba el olor a jabón, colada y bebé. Vinieron vecinos a felicitar a los nuevos padres y desearles alegría. Parir un niño en un lugar destinado a la muerte y no a la vida es un acto excepcional de rebelión, como una flor en el desierto. El niño creció. No le faltaron niñeras. Su mera existencia simbolizaba la vida. Era como una chispa brillante en la oscura vida de los deportados que no veían ninguna salida de su miserable situación y por lo tanto amaban tanto al niño, preguntaban siempre por él y le deseaban salud y felicidad.
Una vez, cuando el niño ya tenía dieciocho meses de edad, su madre salió de casa por unos minutos y lo dejó solo bajo la supervisión del niño adoptado. El niño adoptado tenía ya ocho años. Cuando se quedó solo con el bebé, se empezó a aburrir y decidió bajar la escopeta de la pared para jugar un poco con ella. Sin querer, apretó el gatillo. La escopeta estaba cargada y se escuchó un disparo. El proyectil pegó al bebé y lo mató.
Cuando la madre volvió, encontró al bebé muerto en medio de un charco de sangre. Lo que sucedió en el pueblo cuando la gente se enteró de la muerte del bebé fue indescriptible. Un luto bajó sobre la aldea, algunos lloraron como si fuera su propio hijo quien murió y el estado de los padres fue terrorífico.
El culpable de la tragedia, por supuesto, era el director del colegio que guardaba en casa una escopeta cargada. Este incidente me causó, en aquel momento un muchacho de veinte años, una impresión tan horrible que incluso hoy cuando tengo ya ochenta años, cuando me acuerdo de él, me hace temblar.
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